Un Descenso al Maelström
Muchos dicen que está loco, lo acusan de autoplagio, aburrido gritan por las calles algunos. Lo cierto es que a pesar de las voces de envidia, estamos tratando con uno de los más prolíficos músicos clásicos de la historia e indudablemente el más grande del siglo XX quizás solo eclipsado por Mahler e igualado en las operas por Puccini.
Podría nombrar cincuenta de sus obras más importantes pero no vale la pena. Todos conocemos muchos de sus trabajos o por lo menos hemos escuchado los patéticos plagios de TVN u algunos compositores de películas de poca categoría (recuerdo aquel episodio de “El Jardín de los Tomates” en que casi se puede escuchar a Glass).
Más que un músico, Mr. Philip Glass es un mago, un mago en todo sentido, con su música ha hecho infinidad de cosas cada una más increíble que la anterior. Ha hecho tocar el violín por cinco horas a Einstein, ha hecho que los fotones, las ondas lumínicas y eléctricas dancen a mil voces y recobrar los mecanismos homeostáticos de Gaia. También hemos viajado con el a lo largo del Amazonas deteniéndonos en el Madeira y ha construido represas.
Nos ha acercado a situaciones increíbles e impensables como estar al frente de una revolución religiosa junto con Nefertiti y Ahknaten junto con sobrevivir a la exposición de una bomba de hidrógeno. Hemos llorado mientras sufrimos la metamorfosis de sus minimalistas solos de piano, hemos reído, nos hemos deleitado y sentido orgullo del fotógrafo (un hombre con honor), pero, más que cualquier cosa, nos ha hecho soñar con su música.












